El Contacto Humano

Experiencias tempranas. Aportes desde una clínica y pedagogía corporal

¿A que nos referimos cuando hablamos de contacto? ¿a un modo de estar?, ¿un modo de hacer? ¿un proceso a alcanzar? ¿es innato? ¿adquirido? ¿una condición del ser?

Muchos autores, desde sus distintas vertientes, lo han tomado en sus enunciados teóricos. Todos coinciden en la preeminencia que tiene para una vida saludable.

El contacto corporal responde a una necesidad básica del ser humano, indispensable para la supervivencia. El bebe, necesita “sentirse tocado”y estar al amparo de manos maternas que brinden cuidado, protección y sostén. Estas experiencias tempranas, son las primeras improntas sensoriales que se adhieren a la piel, a modo de mensajes pre verbales, estableciéndose así los primeros diálogos madre-hijo. En esa escena vincular, tanto la piel como el tono muscular, funcionan “como un telón de fondo emocional” (Wallon), creando así un sostén,(holding), que provee cuidado, confianza y seguridad.(Winnicott).

A partir de estos contactos primarios, el niño irá imprimiendo sensaciones, tanto físicas como emocionales, para ir forjando su ser. Su mundo sensorial y afectivo comenzará a poblarse, las necesidades se transformarán en deseos , los deseos en posibilidades o frustraciones .Estos serán los inicios para conquistar el mundo, así irá gestando su yo psíquico, que tomará como herencia ese bagaje sensorial de su “yo de sensaciones”.

Un buen reconocimiento materno, se sostiene en esa capacidad perceptiva que la pone en contacto con la necesidad de su bebé, desarrollando la habilidad para cubrir sus necesidades, incrementando la comunicación, la atención, la sintonía mutua, especialmente en el periodo en que el hijo depende especialmente de ella. La piel, junto con la mirada, y el sentido auditivo, conformarán una trilogía básica para esos contactos iniciales, los olores y sabores también colaboran.

El sentido del tacto permitirá ir creando un limite de superficie donde la piel funciona como mediadora entre un “yo” y otro, contorneando y delimitando la territorialidad del cuerpo con el mundo externo. También, una mirada en contacto, hace al reconocimiento, aceptándolo en su presencia. La palabra, y la melodía de la voz acariciarán a modo de “envoltura sonora”.

Estos contactos básicos resultan vitales, e integran un repertorio de estímulos que, de acuerdo a su cualidad e intensidad serán la plataforma para un crecimiento, desarrollo y maduración saludables.

Pensemos entonces en el desempeño que debe tener una mamá en esa búsqueda constante para estar “lo suficientemente en contacto sensible” para interpretar gestos, llantos, balbuceos.

Y en su capacidad “dadora” para proveer.

¿Qué ocurre cuando esta sintonía no fluye?, cuando mamás ansiosas no se detienen a comprender la demanda, comienzan las “fallas”, los procesos evolutivos psico-emocionales se ven afectados. Con el correr del tiempo nos encontramos con adultos inmaduros, inseguros, lábiles, con dificultades para sostenerse en sí mismos, que no han podido tener autonomía. Otros, quedan en el lamento estéril de lo que no han recibido, apresados en esas faltas, obstaculizan un posible contacto más vital con todo lo que los rodea en el aquí y ahora.

Tomaremos el cuerpo como base constitutiva de la identidad, y esencial para el reforzamiento yoico. La clínica y pedagogía corporal sustentada en modelos sensoperceptivos, como la que propone la Eutonía nos acerca a la experiencia concreta de la propia corporalidad, intentando ampliar el campo autoperceptivo a través de canales sensibles que permitan otras vías de reconocimiento, desarrollando la capacidad de captar y registrar simultaneamente la información que llega a la conciencia desde la interioridad. Poder estar en contacto con uno mismo, es uno de sus objetivos.

Las percepciones, tanto internas como externas, están siempre condicionadas por esas experiencias previas (tempranas) que almacenadas en la memoria y el inconsciente corporal y, enmarcadas bajo un manto emocional, van desplegando modos de funcionamiento que, trascendiendo la sensorialidad, se complejizan involucrando la subjetividad.

En verdad, aunque la persona reconozca que nunca volverá a sentir esas manos maternas como hubiera deseado, no renunciará a la posibilidad de encontrar nuevas vivencias para viejas carencias descubriendo opciones sustitutas para restaurar esos quiebres.

Desde esta perspectiva, el espacio corporal ofrece la posibilidad de experimentar desde el propio cuerpo, constatarlo para construir y representarlo desde una mirada interna que se va abriendo a nuevos registros. No siempre la percepción interna se corresponde con la percepción visual, al cotejar ambas representaciones que se construyen desde vías diferentes.

Estas experiencias resultan particularmente interesantes en problemáticas de imagen que tanto nos toca en la cultura actual.

Si las improntas táctiles van desarrollando un sentimiento corporal, por qué no pensar también en la implicancia del contacto en la construcción de la imagen. En la clínica corporal, implementada en pacientes con trastornos alimentarios (anorexias-bulimias) tratados en contextos interdisciplinarios, observamos justamente los quiebres en estas relaciones madres-hijos. Vínculos muchas veces simbiotizados, donde hay una piel para dos, “somos un cuerpo con dos cabezas” otros lugares maternos totalmente ausentes, pieles sin inscribir, hijas que deben poner el cuerpo esqueleto para sostener a sus madres. “Mi mamá es muy blanda, yo debo ponerme mas dura, si no se cae”.

Son las sensaciones que devienen percepciones, imágenes, y recuerdos, las que acompañan este emprendimiento.

Penetrar en el campo propioceptivo implica muchas veces internarse en un universo sensorial poco explorado, de contornos difusos con paisajes inciertos, donde no abundan las certezas, encontrándonos también con sitios despoblados, o con lugares difíciles de penetrar.

El trabajo desafía el deseo de indagar en la interioridad y pone muchas veces en evidencia las tensiones entre el individuo y sus situaciones vividas, entre él y su entorno.

La propuesta sugiere un lugar reparador de cuidado y sostén donde la persona, en su tiempo y espacio se permita enmendar carencias de buen contacto (holding) restituyéndose a sí misma una piel permeable para recibir nuevas improntas, pudiendo también construir andamiajes desde sus propios huesos, luego de reconocerlos vivencialmente, buscando auto sostenes más sólidos para armarse a cambio de acorazamiento en la musculatura que a modo de falso sostén, limita el fluir de la energía restringiendo el movimiento, y la capacidad para expresar con su cuerpo. La piel da continencia y límite, el hueso da sostén y seguridad. A modo de analogía winicottiana, un andamiaje “verdadero” toma el esqueleto como estructura de sostén, reconociendo la coraza muscular como “falso sostén.”

Re-conocer, es volver sobre lo ya conocido, desde un lugar de observación distinto donde cada experiencia corporal nos revela nuevos datos que completan la imagen que cada uno tiene de si.

Cuando un individuo puede habitar su cuerpo y poblarlo crece la “confianza en sus sensaciones”, tornándose más sensible en la capacidad para decodificar sus necesidades y poder satisfacerlas a partir de recursos que se implementan en la tarea. Esto lo hace responsable de su proceso terapéutico o pedagógico.

El terapeuta desde su “estar en contacto perceptivo” acompaña y lo guía, toca con la palabra, que a modo de consigna va desencadenando “el hacer”, también está habilitado para tocar con sus manos.

Gerda Alexander, creadora de la Eutonía desarrolló el contacto consciente y altoque eutónico como uno de sus principios.

El contacto es comunicación, es un vínculo que establecemos con otros seres u objetos, forma parte de la condición humana, es un don adquirido e incorporado que desarrollamos de modo inconsciente o natural, resulta un patrimonio habitual. Nuestra piel recibe permanentemente el contacto de la ropa y demás objetos que la rozan, pero es solamente a través de hacerlo consciente que se modifica la sensación y la cualidad del mismo, pudiendo captar texturas, temperaturas, sensación de peso etc.

El contacto consciente, al cual nos referimos en la vivencia eutónica, se integra en un proceso de observación y atención puestos donde se establece el encuentro con “lo otro” tanto personas u objetos, refiere a la posibilidad de permitir crear un espacio en el cuerpo para recibirlo. La dirección de la percepción según esté puesta en el objeto o en la parte del cuerpo determinará un “ir hacia” lo que estamos tocando, o un “dejarlo venir”. De acuerdo a la relación que se establezca entre lo que toca y es tocado, cada uno tramitará su experiencia.

El toque eutónico, refiere al uso de las manos del terapeuta para tocar al paciente, “sin esperar nada y sin intencionalidad de su parte”. Claro que solo un terapeuta con su percepción aguzada y una gran sensibilidad, tendrá la habilidad de ponerlo en práctica, en tanto lo estime un elemento posible para el tratamiento. Esta percepción sensible terapéutica debe estar tan entrenada para establecer un toque no intrusivo, como saber claramente cuando no se debe tocar, donde contacto es justamente evitar el uso de las manos, en circunstancias donde el paciente pueda vivirlo como confuso. Por ejemplo, una posible erotización, por dificultad de diferenciar y discriminar.

El toque siempre es un encuentro entre dos subjetividades entre dos deseos, aun cuando el paciente “desee nada” y el terapeuta neutralice sus propias emociones. El uso del contacto manual, cobra sentido en tanto el paciente haga uso de él, confiriéndole su propio significado, cargándolo de deseos, fantasías, poniendo en evidencia carencias y ausencias: “me gustaba cuando mamá tocaba mi cabeza”.

También puede no tomarlo: “hoy no sentí nada”.

Hay quienes lo demandan: “solo me aflojo cuando me pones la mano en el cuello”, hay quienes no pueden sostenerlo: “prefiero que no me toques”. Puede ser sostén y soporte, puede no ser soportado.

El contacto y el toque ocurren cuando se produce el encuentro entre el paciente, que ha puesto su atención y su percepción disponibles en recibir la presencia de las manos del terapeuta que, a modo de espejo devuelve una sensación, un estado, una imagen interna. Esto que yo decidí en llamar: Las manos como un espejo donde una mirada interna pueda reflejarse.

-“Tu mano me permitió reconocer la tensión de esa parte”. Ocurre también que el toque puede evocar o remitir a esos cuidados pretéritos, a esas instancias iniciales vinculares. Dice una paciente con trastornos psicosomáticos, muy hábil en verbalizar sus experiencias: – “Es cierto que el contacto que no recibí en su momento, no lo voy a recuperar mas, pero lo que recibo ahora, me imprime una sensación actual de saberme en un camino donde las trazas me las marco yo, con tu ayuda, Es desde este lugar actual, que tus manos me remiten a una falta, pero también me muestran la posibilidad de encontrar nuevos anclajes donde sostenerme y desde donde poder volver a partir”.

¿Cuántas de las problemáticas actuales de nuestros pacientes, pueden tener origen en estos cuidados fallidos?

Un terapeuta en contacto sensible puede dar sostén tanto físico como emocional, desde un lugar protegido y confiable donde la persona, en su tiempo y espacio se permita desacorazar y dejar ceder sus defensas encontrando nuevos modos de estar, acompañándolo en un proceso continuo de desarrollo y maduración para que pueda ir ejercitando más plenamente sus potencialidades como persona, integrándose desde un cuerpo sintiente y pensante, reparador de sus propias experiencias.